El olor a resina no se factura
El balonmano camina hacia la profesionalización. Bienvenido sea, pero cobrar no te convierte en otra cosa: el buen profesional es un amateur al que han empezado a pagar sin conseguir que deje de serlo.
El 31 de agosto, Leo Messi colgó una carta para despedirse de la selección argentina. Unas semanas antes había perdido la final del Mundial contra España, disculpe la media sonrisa algún amigo, y escribió que se había vaciado, que ya no le quedaba nada que dar. Lo fascinante no fue lo que dijo, sino lo que nadie hizo: ni él ni el más contable de los tertulianos sacó la calculadora para saber cuánto dejaba de ingresar. Messi no estaba haciendo cuentas de lo que dejaba de ganar. Estaba contando lo que perdía. Que es lo mismo que pierde un crío cuando suena el timbre y se acaba el recreo.
El balonmano, como cualquier deporte que se precie, camina hacia la profesionalización: más estructura, más contratos, más cuerpo técnico, más datos. Bienvenido sea. Pero conviene no confundir el envoltorio con el regalo.
Cobrar no te convierte en otra cosa. Cobrar es una consecuencia del sistema: tal y como está montado el mundo, un trabajo se paga, y cuanto mejor hecho y más exigente, mejor pagado. Es una regla económica, no una transmutación del alma. Lo único que cambia cuando aparece la nómina es cómo te miran los de fuera. Te llaman profesional, te exigen como a tal y, de vez en cuando, te tratan como a una línea del presupuesto. La verdadera tarea es impedir que esa mirada ajena reescriba la que tienes de ti mismo.
Lo digo como entrenador. La pizarra no sabe si cobras. La manera de preparar una sesión, de relacionarte con el juego o de decidir quién se queda en pista el último minuto no puede depender de quién firma el recibo.
Y aquí está la trampa, que tiene dos puertas. Por la primera sale el entrenador que era independiente antes de cobrar y deja de serlo después, por miedo a las consecuencias con quien le paga. Ese está perdido: ha vendido lo único que no estaba en venta. Por la segunda, más discreta, sale el que nunca tuvo esa independencia y, solo porque ahora le pagan, cree que le corresponde. También está perdido, porque confunde autoridad con salario. Si la tenías, la conservarás. Si no, ningún contrato te la traerá por mensajero.
No olvidemos la etimología, que siempre chiva: amateur viene de amator, el que ama. El buen profesional no es lo contrario del amateur; es un amateur al que han empezado a pagar sin conseguir que deje de serlo.
Así que hagan la prueba. La próxima vez que crucen la puerta del pabellón, a entrenar, a jugar, a dirigir, pregúntense si estarían allí, aunque nadie les pagara. Si la respuesta es sí, enhorabuena: son profesionales de los de verdad. Si dudan, vuelvan al patio de La Jota, Dominicos, Coras… (véase en sus inicios).
Porque un día, como Messi, colgaremos las zapatillas o la pizarra. Nadie hará cuentas de lo que dejamos de ganar. Contaremos, en silencio, lo que perdemos: el olor a resina, el eco del bote en la pista vacía, l@s chavales en el banquillo levantándose a celebrar una gran defensa, el vestuario después de una remontada imposible. Y entenderemos entonces que nunca nos pagaron por eso. Que eso, en realidad, lo pagábamos nosotros. Encantados. Con lo único que no cabe en una nómina.

Sobre el autor
Daniel Bandrés BlancoEntrenador nacional de balonmano (Nivel 3), exseleccionador aragonés en categorías de formación y cofundador del Campus Balonmano Ebro. Especialista en neurociencia deportiva y preparación física de élite.




