Tribuna de Opinión·Daniel Bandrés Blanco

Seis metros sin código postal

1 de noviembre de 2026·Balonmano

Jorge nació con el 50014 escrito en la frente. Una pista de cuarenta por veinte le enseñó que la distancia era más corta de lo que le habían contado.

Queridos lectores de esta columna: los tres. Cuatro, si mi madre ha vuelto a encontrar el enlace. Hoy nuevamente no hay análisis rival, ni sesuda planificación, ni tablas que ampliar en el móvil, que por otra parte es lo que me encanta. Hoy hay un cuento, con su giro raro y su final feliz. Si os gusta, reenviadlo. A ver si llegamos a cinco.

Jorge nació con el código postal escrito en la frente. La matrona pensó que era una mancha hasta que contó las cifras: 50014. La Jota. Nadie se sorprendió. En Zaragoza todos los niños nacen así; a algunos, simplemente, no se les nota.

El número no molestaba. Solo decidía cosas. Decidía el colegio, a tres calles, y el parque, a dos. Decidía los amigos, que llevaban el mismo 50014, porque los números, como las personas, tienden a juntarse con los suyos. Pronto Jorge aprendió a llevar flequillo…

Un martes de octubre, su madre lo apuntó a balonmano. Al equipo de fútbol en el que jugaba se lo habían llevado a otro distrito, y el patio del colegio quedaba más cerca. Jorge salió a aquel patio esperando que le miraran la frente. El entrenador le miró las manos.

Allí, entre dos porterías desconchadas y unas líneas medio borradas, descubrió cosas raras. La pista medía cuarenta por veinte para todos. El área de seis metros no tenía derecho de admisión. El reglamento no tenía tarifa reducida ni versión premium. Y cuando sudaban, el olor a chotuno era común denominador.

Mientras tanto, su cuerpo crecía a base de saltos, frenazos, contactos y lanzamientos.

A los catorce, Jorge se cambió de equipo. Allí nadie llevaba su número. Estaba el del colegio de jersey de pico y nombre de santo, por la zona de Sagasta, que nunca había cogido un autobús urbano. Estaba el chico cuyos padres trabajaban los sábados y nunca podían ir a los partidos. Y estaba el Heredia, gitano, dueño de la mejor finta de la categoría y nieto de una abuela que les preparaba increíbles bocadillos para el postpartido.

Al principio se miraban las frentes para leerse el código y tener el prejuicio preparado. Luego, para ganar, hubo que pasarse el balón. Y pasándose el balón, Jorge entendió que cada número tenía necesidades y prejuicios distintos a los suyos. Entendió también que los miedos de todos estaban escritos con letra ajena y que la distancia que le habían contado era mucho más larga que la que había.

Pasaron los años. Jorge cambió de código postal, pero sigue defendiendo los principios que le asignó el 50014 como defendía los seis metros. El número de la frente cambió. Lo que se le borró fue el miedo. Ya no comparten pista; ahora comparten cenas. En ellas, los códigos postales siguen sentados a la mesa: uno propone pagar a escote, otro se empeña en invitar y el Heredia, que ahora es maestro, llega tarde porque corrige exámenes. Pero lo que les enseñó el balonmano pesa más, y les ayuda a entenderse.

En tiempos de trincheras, una pista de cuarenta por veinte es un buen sitio para aprender a convivir. Ya lo decía aquel ilustre: «Si quieres estar fuerte y sano, juega a balonmano».

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado. Lo que sigue no es cuento y conviene saberlo: un estudio publicado en la revista Bone comparó a chicas de catorce años, y las que jugaban a balonmano tenían más hueso, un 6 % más de músculo y ganaban en todas las pruebas físicas, del salto al sprint. Otro, con cien niños de diez años, halló que quienes llevaban dos años jugando tenían la cadera y el fémur más densos que sus compañeros. Por último, una investigación con 83 jóvenes deportistas migrantes, publicada en el International Journal of Intercultural Relations, comprobó que cuanto más unido estaba el equipo, menos se sentían al margen en su vida diaria. Heredia lo habría firmado.

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Daniel Bandrés Blanco

Sobre el autor

Daniel Bandrés Blanco

Entrenador nacional de balonmano (Nivel 3), exseleccionador aragonés en categorías de formación y cofundador del Campus Balonmano Ebro. Especialista en neurociencia deportiva y preparación física de élite.