🏉 Rugby

El Torneo Ciudad de Tarazona y la revolución silenciosa de las escuelas de rugby

Por Victor Garcia Motilva

Más de 500 niños y niñas de diez clubes se citaron en la quinta edición del Torneo Ciudad de Tarazona, reflejo de una evolución que afecta al conjunto del rugby español: la formación del jugador está cambiando.

El Torneo Ciudad de Tarazona y la revolución silenciosa de las escuelas de rugby

El pasado 6 de junio, los campos del Seminario acogieron la quinta edición del Torneo Ciudad de Tarazona, organizado por Rugby Tarazona. Más de 500 niños y niñas de diez clubes procedentes de Aragón, de distintos puntos de la geografía española y del sur de Francia participaron en una jornada que reunió a más de 50 equipos entre las categorías Sub-6 y Sub-18. Desde las diez de la mañana hasta las siete de la tarde se disputaron más de un centenar de partidos, acompañados de actividades deportivas y de entretenimiento para niños y familias, convirtiendo el evento en una auténtica fiesta del rugby y del deporte formativo.

Más allá de los resultados, el torneo permitió observar una realidad que puede apreciarse también en las escuelas de rugby aragonesas, como reflejo local de una evolución que afecta al conjunto del rugby español: la formación del jugador está cambiando.

Durante muchos años, el rugby regional y nacional convivió con una dificultad evidente. La mayoría de los jugadores llegaban al deporte relativamente tarde y buena parte de los modelos de enseñanza utilizados en categorías inferiores procedían directamente del rugby senior. Se enseñaban gestos técnicos, estructuras o comportamientos propios de adultos, adaptándolos como se podía a niños que todavía estaban descubriendo el juego.

Hoy el escenario es diferente. El crecimiento de las escuelas, la mejora en la formación de entrenadores y la existencia de planes de desarrollo más definidos han permitido construir procesos mucho más adaptados a cada edad.

La diferencia no siempre es visible desde fuera, pero resulta enorme. Antes se enseñaba a placar explicando el gesto técnico y repitiéndolo hasta automatizarlo. El que se sentía cómodo progresaba; el que tenía miedo al contacto muchas veces convivía con él durante años. Ahora el proceso suele ser distinto. Antes de enseñar a placar se enseña a perder el miedo. Se utilizan juegos, situaciones progresivas y actividades adaptadas para generar confianza y naturalizar el contacto. Después llega la técnica.

Ese cambio metodológico se extiende a todo el juego. La repetición sigue siendo importante, pero cada vez se complementa más con situaciones abiertas, juegos modificados y ejercicios que obligan a percibir, decidir y adaptarse. Al fin y al cabo, eso es lo que sucede durante un partido.

Existe además una realidad común a cualquier deporte de formación: los jugadores más rápidos, más fuertes o más desarrollados físicamente suelen destacar antes que el resto. Eso seguirá ocurriendo siempre. La diferencia es que hoy se trabaja mejor con aquellos niños que no poseen esas ventajas iniciales. Se busca que todos comprendan el juego, que todos tomen decisiones y que desarrollen herramientas que les permitan crecer como jugadores más completos.

Todo ello no significa que la enorme distancia que todavía separa al rugby español de las grandes potencias y de las grandes cunas históricas del rugby haya desaparecido. Sigue ahí. Basta observar a los equipos franceses que participaron en el torneo para comprobar que muchos de sus jugadores llegan a las categorías inferiores con una familiaridad con el juego que en España todavía estamos construyendo. Para ellos, el rugby forma parte de su entorno cultural desde la infancia, del mismo modo que el fútbol forma parte del nuestro.

Sin embargo, la mejora de las escuelas españolas está permitiendo reducir parcialmente algunos de los déficits que históricamente nos separaban de esos países. No porque el contexto sea el mismo ni porque las diferencias hayan desaparecido, sino porque cada vez se enseña mejor. Se dedica más tiempo a comprender cómo aprende un niño y menos a trasladar automáticamente los modelos del rugby adulto a las categorías de formación.

Quizá ahí resida la gran revolución silenciosa que se está produciendo en el rugby aragonés y español. No sólo estamos formando más jugadores. Estamos formando mejor.

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