Tribuna de Opinión·Daniel Bandrés Blanco

El jugador y su sombra digital

12 de julio de 2026·Balonmano

El juego es el fin. No la exposición del juego.

Hay un momento exacto en el partido que lo cambia todo. El jugador recibe el balón en el extremo derecho, primer paso para recibir, segundo para orientar y tercero para adaptar la batida…Entonces lanza. Entra. Y antes de que el portero haya recogido el balón del suelo, el chico ya está mirando a la grada. No busca a su entrenador. No busca a sus compañeros. Busca a quien le está grabando o la grada que lo celebra con energía.

Los jugadores que nutren hoy las categorías de formación en el balonmano aragonés —y en cualquier deporte colectivo— han nacido y crecido en un ecosistema de exposición constante. Sus actuaciones, sus errores, sus éxitos: todo tiene el potencial de convertirse en contenido.

Quienes nacimos en los años ochenta conocemos otro modelo. No es que fuéramos mejores o más puros. Es que vivíamos el juego sin audiencia. Cuando metías un gol o te caías replegando marcha atrás, ese momento era tuyo. De los que estaban allí. La única memoria que quedaba era la biológica: la que se instala en el cuerpo y en las conversaciones del vestuario (y ahí siguen, en las cenas en las que repetimos anécdotas con los aderezos que ha instalado el tiempo). Ese fracaso o ese triunfo te pertenecía de una manera íntima que hoy es casi imposible de recuperar.

La psicología del deporte lleva décadas distinguiendo dos tipos de motivación que conviven —con tensión permanente— dentro de cualquier deportista. La motivación intrínseca es la que nace del propio disfrute de la actividad: el placer del juego, de resolver retos que se presentan, de mejorar. La extrínseca, en cambio, responde a estímulos externos: premios, reconocimiento, validación. Ambas son reales. Ambas tienen su función. El problema surge cuando la segunda fagocita a la primera.

En generaciones anteriores, la motivación extrínseca tenía límites naturales. El reconocimiento era local, lento, proporcional. Un partido bien jugado te ganaba el respeto del vestuario, quizás un comentario del entrenador, tal vez un aplauso de los padres en la grada (cuando iban a verte, no era habitual). La validación existía, pero tenía escala humana. Hoy, esa misma validación puede llegar de cientos de desconocidos en minutos. Y esa asimetría tiene consecuencias que los entrenadores necesitan comprender si quieren seguir siendo relevantes.

El jugador que busca la cámara antes de buscar al compañero no está siendo superficial. Está respondiendo de manera perfectamente racional a los incentivos que su entorno le ha instalado desde niño. La sobrexposición no es una patología individual: es una respuesta adaptativa a un ecosistema que premia la visibilidad por encima del proceso. Culpar al jugador sería tan inútil como culpar a la lluvia por estar mojada.

¿Hacemos que el juego vuelva a competir en igualdad de condiciones con la pantalla?

Eso exige, primero, que el entrenador entienda el paradigma. No para condenarlo, sino para trabajar desde dentro de él. Un jugador que necesita validación externa no es un problema a corregir: es un punto de partida. La pregunta inteligente no es «¿cómo le hago dejar de buscar likes?», sino «¿cómo construyo situaciones de juego en las que la satisfacción intrínseca sea tan potente que compita con cualquier otra recompensa? Eso también está pasando».

Las herramientas existen. Pequeñas victorias internas que el jugador pueda identificar como propias: «hoy resolví ese uno contra uno mejor que la semana pasada». Situaciones de aprendizaje donde el error no sea el final del clip, sino el comienzo del análisis. Crear cultura de vestuario donde la referencia sea el compañero de al lado, no el algoritmo.

El juego es el fin. No la exposición del juego. Esa distinción, que a un lector de los ochenta le parecerá obvia, es hoy la frontera más importante que un entrenador tiene que saber defender. No con nostalgia. No con prohibiciones. Con pedagogía, con diseño de situaciones, y con la convicción de que la motivación intrínseca no ha desaparecido: solo necesita otro espacio para respirar.

El balón sigue rodando. El jugador sigue sintiendo cosas cuando “la enchufa” por la escuadra. El cuerpo sigue registrando el placer de una buena asistencia. Todo eso está ahí, intacto, esperando que alguien lo alimente.

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Daniel Bandrés Blanco

Sobre el autor

Daniel Bandrés Blanco

Entrenador nacional de balonmano (Nivel 3), exseleccionador aragonés en categorías de formación y cofundador del Campus Balonmano Ebro. Especialista en neurociencia deportiva y preparación física de élite.