La búsqueda del “buenismo”
Señalar no construye: el error señalado no enseña, bloquea. Solo suma quien se atreve a decir por dónde.
Arranco con un titular incómodo, y lo hago a propósito. Sé que “buenismo” puede sonar a insulto según quién lo lea, y aun así lo firmo, porque nombrar lo que uno cree tiene su punto de valentía: te expone, y puede que te equivoques.
Vayamos al grano. Entrenar sobre el error es cómodo. Consiste en señalar la frontera —“eso no”— y desentenderse del resto. La buena noticia es que muchos han aprendido a maquillarlo en los últimos años (ahí sí que ha evolucionado el entrenador/a, importante): ya no se corrige con crueldad, se envuelve en formas más amables, somos más “polite” (a otros aún nos queda camino que recorrer para conseguir un equilibrio). La mala es que el maquillaje no toca el fondo: al jugador le hemos marcado el límite y lo hemos dejado solo en la búsqueda. Le decimos dónde acaba, nunca cómo empieza y cómo se encuentra.
De ahí a la caricatura va un paso. Hemos pasado del buenismo al cuñadismo tecnócrata. Con los datos de hoy el error siempre estuvo ahí, pero ahora además lo localizamos, lo subrayamos y lo respaldamos con un Excel y un informe post-partido. Me viene a la cabeza aquel mítico concursante tudelano de ¿Quién quiere ser millonario?, que ya lo intuía: “luego vendrá algún tonto diciendo que la sabía”. El cuñado del banquillo la sabe siempre… el lunes.
El problema es que señalar no construye. Y no es opinión, es fisiología. El cebo de odio de las redes funciona porque secuestra: activa la amígdala, dispara cortisol y desconecta la corteza prefrontal, justo la región que razona, decide y aprende. La neurociencia del estrés lleva años documentándolo: bajo amenaza, el exceso de cortisol deteriora la memoria de trabajo y la toma de decisiones, las dos herramientas que más falta hacen para elegir bien y rápido. En una cancha ocurre igual. Un jugador entrenado desde el miedo al fallo (ahora no sería miedo, sería enfocado en lo que no puede hacer) afronta un dos contra uno con la amígdala secuestrando al cerebro que necesita para resolverlo. El error señalado no enseña: bloquea.
La alternativa tiene nombre y respaldo científico: el descubrimiento guiado. No es abandonar al jugador a su suerte ni dictarle la solución; es acompañarlo con preguntas (ejercicios lo más cercanos al juego real) para que encuentre la suya. En el respaldo pedagógico lo formulan como metodología estructurada e integradora; en un pabellón de Zaragoza, Mora de Rubielos, Tudela, Soria, Oviedo o Puente la Reina lo llamamos, sencillamente, entrenar. Construir sobre la propuesta, no sobre el desacierto.
Por eso reivindico el buenismo bien entendido: no el que esquiva el conflicto, sino el que se moja. Proponer un “cómo” es arriesgado, porque expones tu criterio y puede fallar. Esperar el error, en cambio, no cuesta nada… salvo el proceso entero. Quien aguarda el fallo no se equivoca jamás, cierto. Pero tampoco se ensucia las manos en la obra ni firma nada suyo. Y en balonmano, como en casi todo, solo suma quien se atreve a decir por dónde. El resto, a lo sumo, tendrá razón el lunes.

Sobre el autor
Daniel Bandrés BlancoEntrenador nacional de balonmano (Nivel 3), exseleccionador aragonés en categorías de formación y cofundador del Campus Balonmano Ebro. Especialista en neurociencia deportiva y preparación física de élite.




