Normalizar para crecer
Hay historias que no cambian el mundo de golpe, pero sí modifican la manera en que lo miramos. La verdadera inclusión llegará cuando dejemos de hablar de personas diferentes para hablar, simplemente, de personas.
Hay historias que no cambian el mundo de golpe, pero sí modifican la manera en que lo miramos. Historias que nos obligan a replantearnos prejuicios tan arraigados que, muchas veces, ni siquiera somos conscientes de que los tenemos.
Se habla de inclusión como si fuera un objetivo futuro o una meta pendiente. Desgraciadamente, la verdadera inclusión no sucede en las palabras ni en las buenas intenciones. Ocurre cuando una persona participa, compite, trabaja, estudia o simplemente vive sin que aquello que la hace distinta condicione la forma en que los demás la perciben.
El deporte ofrece algunos de los ejemplos más claros. No porque elimine barreras por sí mismo, sino porque las pone en evidencia. Cuando una persona convive con cualquier tipo de discapacidad y entra en una pista, en un pabellón para participar en una competición, en muchas ocasiones la primera prueba no suele ser física; es cultural: la mirada ajena, la duda previa, la pregunta silenciosa sobre si podrá hacerlo. Y casi siempre la respuesta termina siendo la misma: sí.
La inclusión real tiene algo incómodo: desmonta excusas. Nos obliga a reconocer que muchas barreras nacen de nuestras propias limitaciones como sociedad: el desconocimiento, el miedo a lo diferente o la tendencia a excluir lo que no encaja en nuestros esquemas. A ellas se suman los entornos poco accesibles y la falta de oportunidades.
Por eso resulta tan importante visibilizar referentes cotidianos. No para convertirlos en héroes ni para presentar historias de superación permanente. El objetivo es mostrar una realidad que debería resultar completamente natural y que demuestre que todos formamos parte de la misma sociedad.
Cuando un niño ve competir a una persona con discapacidad, cuando comparte una actividad deportiva con ella o cuando la tiene como entrenadora, compañera o rival, desaparece una barrera invisible que generaciones anteriores aprendieron a mantener.
Quizá ese sea el verdadero reto que tenemos por delante. Conseguir una sociedad más acostumbrada a convivir con la diversidad sin convertirla en una excepción.
Porque normalizar no significa dejar de ver las dificultades. Implica no convertirlas en un motivo para separar.
En mi opinión, la verdadera inclusión llegará cuando dejemos de sorprendernos y de hablar de personas diferentes para hablar simplemente, de personas. Ese día habremos entendido que la diversidad no es una excepción, sino una parte natural de la vida. Será cuando estemos preparados para dar el siguiente paso: NORMALIZAR PARA CRECER

Sobre el autor
Adrián Dubón PérezImpulsor del balonmano adaptado en BM Dominicos, actual campeón de España. Profesor de educación primaria y colaborador en múltiples iniciativas que unen deporte y compromiso social.




