Argumentos para querer
Criticar no cuesta entrada. Arranca la temporada balonmanística y con ella una oportunidad: no se trata de renunciar a la crítica, sino de merecerla. De criticar con criterio y de querer con argumentos.
Criticar no cuesta entrada. No exige preparación ni acredita conocimiento, y regala una sensación tan placentera como fugaz: la de tener razón. Buscar el error se ha convertido en el deporte más practicado del país, y en el único en el que todos nos sentimos titulares indiscutibles.
Hace poco viví una lección involuntaria. Dos televisiones retransmitieron el mismo partido del Real Zaragoza y, sin embargo, ofrecieron dos partidos distintos. En la señal nacional se habló del gran juego desplegado por el equipo; un elogio que no salía de la nada, sino avalado por las estadísticas: posesión, expected goals, disparos a puerta, pases en zonas de tres cuartos de campo rival. En la otra pantalla, mientras tanto, el relato se comprimía en dos únicos protagonistas: las malas sensaciones dejadas por el equipo según los comentaristas. Nada del juego, nada de lo ocurrido entre porterías; solo el eterno refugio de señalar a lo subjetivo.
Mismo césped, mismos noventa minutos, dos veredictos opuestos. ¿Cuál era el partido de verdad? Puede que ninguno del todo. Pero uno se construyó sobre datos y el otro sobre la opinión, y ahí no hay empate posible.
Conviene recordar algo incómodo: todas las opiniones se pueden emitir, pero no todas merecen respeto. Y las que se lanzan para criticar deberían venir, como mínimo, un peldaño más fundamentadas. Ya lo defendíamos en estas páginas al reivindicar cierto buenismo: construir sobre lo positivo no es ingenuidad, sino una elección deliberada.
Porque el problema, que quede claro, no es el dato. El dato es una herramienta noble. El problema es ese «según mi humilde opinión» que antecede a una sentencia lapidaria y sin pruebas. Las entidades rigurosas ya disponen de sus instrumentos para evaluar; el aficionado y el comentarista, casi siempre, manejamos una información limitada. Y no pasa nada por admitirlo.
Arranca la temporada balonmanística y, con ella, una oportunidad que no deberíamos desaprovechar. Generar buenos ambientes no es tarea ajena: depende de todos. De los directivos, que marcan el tono desde arriba. De los jugadores, que lo respiran dentro de la pista. Y de la afición, que cada fin de semana decide si suma o resta.
Siempre estamos a tiempo de elegir. De ensalzar lo que se hizo bien o, cuando la información escasea y la certeza sobra, de callar y reflexionar. No se trata de renunciar a la crítica, sino de merecerla: de criticar con criterio y de querer con argumentos.
Porque, al final, querer a un equipo —o a un deporte entero como es el caso del que escribe— también es un ejercicio de inteligencia.

Sobre el autor
Daniel Bandrés BlancoEntrenador nacional de balonmano (Nivel 3), exseleccionador aragonés en categorías de formación y cofundador del Campus Balonmano Ebro. Especialista en neurociencia deportiva y preparación física de élite.




